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Propiedad intelectual y políticas culturales: Columna de Rodrigo Velasco Alessandri en página A2 de El Mercurio.

derecho de autor , Ley de propiedad intelectual , rva , socios
24 enero, 2010
Columna de Rodrigo Velasco Alessandri en página A2 de El Mercurio.
Tribuna
Domingo 24 de Enero de 2010
Propiedad intelectual y políticas culturales

La Ley de Propiedad Intelectual, que se promulgará en los próximos días, se ha planteado como un hito de las políticas culturales de la era Bachelet. Incluso más que los 50 mil millones de pesos en proyectos financiados por el Consejo de la Cultura. Pero a pesar de su polémica y extensa discusión, el resultado deja mucho que desear.

El reconocimiento de excepciones (para discapacitados, conservación de ejemplares, sátira o crítica, entre otros) podrá enorgullecernos en lo teórico, pero carece de toda importancia práctica: mal podría perseguirse hoy a una persona no vidente que adapta un libro al braille, ¿no? El consabido “aumento de penas para los delitos de piratería” sigue sonando a lugar común, con el que se intenta, en el papel, aplacar el problema de fondo, y cuyo efecto real, sin perjuicio de alimentar la ya abultada retórica del “fomento y protección de la creatividad e innovación”, está al menos por verse. Y lo más preocupante: un puñado de normas inconexas e impracticables sobre internet, con las que pretende cumplirse el mínimo posible del TLC con Estados Unidos.

Es cierto que la propiedad intelectual no es un tema pacífico. Cuenta de ello dan los artistas en la calle, el intenso lobby de las empresas de telecomunicaciones y los activistas de la web tapando de mails a los diputados antes de cada votación. El famoso equilibrio entre el derecho del autor y el acceso a los bienes culturales (para efectos de la calidad de nuestra oferta cultural, el huevo o la gallina). También es cierto que, ya desde su mismo nombre -que confunde a cualquiera con aristas como la digitalización del Quijote y las patentes farmacéuticas-, la propiedad intelectual es hoy una materia crecientemente compleja y técnica, en la medida que crece también su importancia económica e impacto en innovación y desarrollo. Aceptemos, finalmente, que la inclusión de normas especiales para proveedores de internet, antes de contar siquiera con una ley general de neutralidad o delitos en la red, ha sido poco feliz (incluyendo las falsas amenazas de que nos espíen, censuren o simplemente “nos corten” la conexión). Aun así, ¿cuáles son los temas de fondo? ¿Cómo armonizar las políticas culturales y la propiedad intelectual?

No podemos seguir concibiendo el mundo de las creaciones artísticas desde un punto de vista puramente material. La digitalización y el intercambio masivo de obras han determinado nuevas realidades y mercados -lo que ya hemos visto con la música y el cine, está a la vuelta de la esquina con los libros-, y cualquier intento por controlarlo, sobre la base de reglas analógicas, será fútil. Parece miope no ver que en unos años más ya no se tratará de qué película o libro puedo bajar, sino simplemente de cuán disponible estas obras estén. Será el fin del almacenamiento y la supremacía del acceso.

No basta entonces con seguir las normas mínimas que nos imponen los tratados, la OMC o más recientemente la OCDE. No bastan los fondos de cultura, si éstos caen en el terreno baldío de una industria basada aún en la venta de soportes físicos y con normas ineficientes orientadas a perseguir a quien copia. Pensemos en el “delincuente” que compra un disco, lo traspasa a su iPod, comparte canciones con sus amigos en internet y luego quema una copia para su mujer. ¡Es evidente que no estamos hablando de piratería!

La discusión de fondo pasa por la legalización de la copia privada y por el establecimiento de mecanismos eficientes de compensación para la creación artística en el mundo digital, fomentando el desarrollo conjunto de plataformas de negocios por parte de todos los actores de la industria -empresas proveedoras, editores, sociedades de gestión, artistas-, siguiendo el modelo de países europeos con los que ya es hora de compararnos.

Y para Piñera el desafío será aún mayor, pues más allá de las figuras culturales emblemáticas que lo apoyaron en la campaña, enfrenta un mundo artístico que desconfía de colaboradores ligados al autoritarismo de antaño y de su relación con los empresarios y negocios (en eventual desmedro de sindicatos y artistas). Qué mejor prueba para demostrar su real capacidad de formar equipos transversales, de reconocer y recoger la joven institucionalidad cultural que hereda y de hacerse cargo de una discusión de política cultural realmente de futuro, como hasta hoy no se ha atrevido gobierno alguno.

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