Prensa

La estéril innovación asistida

2012 , patentes , propiedad intelectual , Pulso , rva , socios
27 septiembre, 2012

El fomento de industrias que se basan en patentamiento, transferencia tecnológica o de licencias, no pasa sólo por los recursos

Por Rodrigo Velasco Alessandri. 


Emprendimiento, creatividad, innovación. Palabras que inundan la retórica política y económica chilensis últimamente. Y vaya despliegue el que hemos exhibido en la última década en materia de fomento, financiamiento y subsidio de actividades creativas e innovativas, ahora incluyendo el debut de una ley de incentivos tributarios para la inversión privada en investigación y desarrollo, además de nuevos proyectos de propiedad industrial y donaciones culturales, entre otros. Hasta de un Ministerio de Ciencias se ha escuchado hablar. Sería injusto decir que en Chile no ha existido asistencialismo para la creatividad e innovación. Pero sería utópico desconocer que en materia de diversificación competitiva y complejidad económica seguimos siendo subdesarrollados. “Hoy Chile es como California, pero sin un Silicon Valley o un Hollywood”, es la provocadora, pero certera crítica de Ricardo Hausmann, profesor de Harvard y autor del “Atlas of economic complexity” junto con el chileno César Hidalgo, del MIT. “El aporte de Chile al desarrollo de políticas industriales competitivas a nivel global ha sido sorprendentemente pobre”, remata. Y es que no basta con la innovación asistida. Necesitamos una innovación fértil, con resultados visibles para la economía. Agotadas las platas de Corfo, Fondart o Fondecyt, un proyecto “exitoso” aterriza abruptamente -o se estrella- en la realidad: no hay nuevo mercado, ni inversionistas interesados, sino sólo muchos y más grandes competidores que gratuitamente aprovecharán para sí todo ese esfuerzo. Como quien trae hijos al mundo, pero no los educa ni los forma para valerse por sí mismos, la innovación asistida puede terminar siendo estéril si los casos de éxito no cuentan con un mercado donde crecer para exportarse. ¿Cuál es la pieza faltante entonces? Propiedad intelectual, con nombre y apellido. Sabemos que la creatividad y la innovación se traducen en activos intangibles, susceptibles de ser explotados económicamente. Activos de propiedad intelectual. Así financian los privados no sólo los proyectos que resultaron, sino también los fracasos que fueron necesarios para llegar al éxito. El fomento de industrias basadas en el patentamiento, la transferencia tecnológica o el licenciamiento de bienes culturales no pasa sólo por los fondos, sino por un marco jurídico y económico que las haga viables. Sabemos que los privados apostarán en proyectos que puedan resultar buen negocio; no basta con que sean un aporte para la humanidad o el país. El reciente reporte de la OCDE “Ciencia, tecnología e industria: panorama 2012” señala que las empresas privadas en Chile son las que menos destinan recursos para invertir en Investigación y Desarrollo (I+D) en comparación con el resto.

Imagínese un científico chileno que necesita financiar la invención de una nueva vacuna, pero debe basar su modelo de negocio en el licenciamiento de una patente farmacéutica, en un mercado que ha hecho gala de la incapacidad del Instituto de Salud Pública para fiscalizar las copias genéricas o la bioequivalencia. O un joven programador que crea una novedosa aplicación para smartphones, pero cuya perspectiva de negocio sucumbe ante la imposición de un modelo de licenciamiento gratuito o filantrópico, o la incapacidad práctica de objetar o detener las copias ilegales de su creación. Lo cierto es que en Chile se les han dado impensadas garantías a los grandes interesados en abolir la propiedad intelectual: ninguna autorización sanitaria, de comercialización, de telecomunicaciones, contenidos de medios o de cualquier tipo, puede operar sin que el titular de un derecho deba recurrir a tribunales y obtener una resolución antes de poder ejercerlo. No suena precisamente fácil y barato, ¿no? Aun así, la aplicación de multas o indemnizaciones por no pago de licencias en Chile sigue haciendo viable o incluso rentable infringirla en forma sistemática, en desmedro de quienes realmente emprendieron, crearon o innovaron. Este creciente valor económico de la propiedad intelectual ha revolucionado la agenda política de sectores influyentes de la economía tradicional. Una poderosa campaña de desprestigio se esfuerza por presentarla como sinónimo de herramienta monopólica imperialista, propia de economías extranjeras, de tratados internacionales impuestos por las potencias mundiales, pero por cierto descartable para Chile (así es como acá vemos desfilar desde compañías farmacéuticas o de telecomunicaciones de la mano de ONG que propugnan la desregulación de internet hasta hackers antisistémicos). Se presenta como una mala palabra, que huele a abuso, a millonarias demandas tipo Apple/Samsung, a operativos antipiratería, jóvenes esposados y encarcelados por bajar películas, a SOPA, Cuevana o Megaupload… pero nunca como la base del futuro para la innovación y el emprendimiento de chilenos. La idea es que la veamos como algo ajeno, propio de países innovadores, pero no como alternativa realista para Chile. Es favor para ellos porque “aquí se copia, no se innova”, digamos. La innovación hay que creérsela. No basta con fomentarla. Debemos darle herramientas para que se sustente por sí sola. Si no enseñamos y propiciamos modelos de desarrollo basados en la propiedad intelectual sobre nuestras propias creaciones e investigaciones, nuestros innovadores seguirán siendo como esos hijos que se niegan a dejar el hogar familiar (estatal, en este caso), o vuelven con su papá-Estado por más financiamiento, porque no tienen los medios para valerse por sí mismos en el mundo real. 

*El autor es abogado Universidad de Chile y profesor de propiedad intelectual y nuevas tecnologías.

Esta columna fue publicada en Pulso el 27 de septiembre de 2012. Ver versión del diario.

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